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Entradas del blog | Sara López Psicóloga

Ira y enfado, ¿Es bueno o malo?


La ira o furia es una emoción que, en un principio, es adaptativa puesto que nos ayuda a prepararnos frente a la huida o para enfrentar cualquier amenaza. La ira es una emoción más que junto a la alegría, la tristeza, miedo, sorpresa, asco... forman parte de nuestras emociones básicas y donde todas ellas deben estar en equilibrio y en sintonía, si hay alguna que se pasa de lista y se mantiene por un período de tiempo largo estamos frente a un desequilibrio y, por tanto, nos va a afectar negativamente tanto a nivel somático como psicológico/emocional y a nivel social. Pero, ¿Cómo se produce la ira?


La ira generalmente se da cuando vemos una amenaza, estímulos dañinos o que nos generan malestar o una injusticia que viene a atentar contra nuestros esquemas de lo que es justo y moral. Cuando percibimos un estímulo como negativo de estas características, nuestra amígdala entra en acción y comienza a activarse como si no hubiera un mañana para garantizar la supervivencia y poder hacer frente a la amenaza. Para ser totalmente efectiva, debe hacerse con el control de nuestra conducta inhibiendo áreas cómo el cortex prefrontal: zona relacionada con el pensamiento lógico, el razonamiento, la atención y el control de impulsos. Así que, por unos momentos quedamos a merced de nuestra amígdala y es la razón por la que nos cuesta pensar con claridad cuando estamos enfadados. Además, nuestro lóbulo temporal derecho se activa que es el encargado de las emociones y pensamientos negativos, por lo que nada bueno tiende a cocerse cuando estamos enfadados.


A su vez, la amígdala activa al hipotálamo y al tálamo liberando neurotransmisores como noradrenalina, adrenalina, dopamina y glutamato, lo que provoca una elevada activación cardiovascular (aumento de la presión sanguínea y la frecuencia cardíaca) y aumento de la tensión muscular. La testosterona aumenta también, que es la encargada de la conducta agresiva y dominante mientras que el cortisol, la hormona por excelencia del estrés, se mantiene en bajos niveles para compensar la testosterona.


Entonces si somos secuestrados por nuestra amígdala, ¿no podemos hacer nada al respecto?


Sí, si que podemos. Aunque nuestro sistema prefrontal se encuentra inhibido no está del todo inactivo por lo que todavía podemos ser el dueño de nuestro cerebro. ¿Cómo? Pues a través de técnicas de relajación donde le diremos a nuestra amígdala que se relaje y deje de liarla, se puede hacer ejercicio para liberar y canalizar el subidón de energía que ha provocado nuestra amiga. También, podemos cambiar el enfoque de las situaciones porque muchas veces vemos algo muy negativo porque le damos excesivo valor, podemos desarrollar la asertividad y la empatía, podemos realizar terapia para solucionar problemas que subyacen a esa conducta, realizar técnicas como “el tiempo fuera” para darnos tiempo a respirar y relajarnos y muchas más que, dependiendo de lo que nos guste o nos relaje, se pueden utilizar. La cuestión es intentar desactivar a la amígdala y volver a coger el control.


La ira aunque parece que es una emoción negativa no lo es porque nos ayuda a sobrevivir. Acuérdate, por ejemplo, de las guerras contra el enemigo o contra un animal enorme. Si el cuerpo no nos proporcionara ese subidón de energía no podríamos hacerle frente. La cuestión es que es adaptativo pero, como todo en esta vida, en exceso provoca problemas de salud como dolor crónico o patologías cardiológicas. Por eso, es necesario tratarlo si lo tenemos de forma habitual o por situaciones nimias.


Por último, no confundir la ira o furia con el enfado. La primera, es la emoción intensa de la que hemos estado hablando, mientras que la segunda, es un estado emocional que no implica la ira necesariamente, es decir, podemos estar enfadados con alguien porque nos ha molestado algo pero no nos ponemos a gritarlo y a lanzarle objetos, por ejemplo. Enfadarse para nada es malo, de hecho es necesario mostrar este estado emocional porque muchas veces tenemos que hacer ver al otro que lo que ha hecho está mal o que no nos ha gustado o incluso nos sirve para poner límites.




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